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EL ESPEJO DE EUGENIA. Víctor Jara: Pájaro inmortal

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Conocimos a Víctor a través de casetes y discos de vinyl producidos por la Discoteca del Cantar Popular y su sello Alerce. Poco a poco fuimos descubriendo a ese hijo de campesinos que legaba a su pueblo y al continente un hálito de esperanza a través de sus canciones. Dedicó a sus padres, Manuel Jara y Amanda Martínez, una oda digna de la gran poesía chilena: Te recuerdo Amanda/ la calle mojada, corriendo a la fábrica/ donde trabajaba/ Manuel …

Las corrientes diversas nacidas bajo la sombra protectora de Alonso de Ercilla dieron a Chile un lugar protagónico en la poesía mundial: Gabriela Mistral, Vicente Huidobro, Nicanor Parra, Gonzalo Rojas, Pablo y Winnét de Rokha, Enrique Lihn, Oscar Castro, y ese océano llamado Pablo Neruda. Hombre sencillo nacido en La Quiriquina, Víctor no aspiraba a tanto, solo a ser testigo y cronista  de vivencias y sobrevivencia de los humildes, gracias a las enseñanzas de su madre, cantora y guitarrista. Tras la muerte de Amanda, Víctor ingresó al  seminario de la Congregación del Santísimo Redentor, en el cual formaba parte del coro del canto gregoriano. No sería sacerdote, sí arcángel y mártir. 

Grabó sus primeras canciones en 1959 en un disco llamado Villancicos Chilenos, y, dos años después, tras conocer a Violeta Parra, compuso obras como Paloma quiero contarte. Formó parte de la agrupación Cuncumen por cinco años, trabajando en el rescate de la tradición oral. No obstante ese preludio musical, fue el arte escénico al que se consagró al ingresar a la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile. El círculo de tiza, de Brecht, Antígona, de Sófocles, fueron puestas en escena con la dirección de Víctor, pero el canto popular fue ganando espacio al tomar conciencia de que  solo requería de una guitarra para elevar un mensaje directo, capaz de convertir un teatrino en mitin.

Entre 1966 y 1969 fue director artístico de un grupo que se convertiría en el mayor icono continental de la canción protesta: Quilapayún, al tiempo que asesoraba al otro conjunto emblemático, Inti Illimani. Brotaban canciones como El arado, realizaba presentaciones en Finlandia en actos contra la guerra de Vietnam, y su compromiso se iría radicalizando al proponer temas como El Aparecido, dedicado al Che: Su cabeza es rematada/ por cuervos con garra de oro/ como lo ha crucificado/ la furia del poderoso.

Tras una brutal masacre acontecida en la localidad de Pampa Irigoin, grabó su canción Preguntas por Puerto Montt, en la que responsabilizaba de la matanza al ministro Edmundo Pérez Zújovic, quien, tiempo después, sería ejecutado por un comando de la Vanguardia Organizada del Pueblo. Se dice que, desde aquel suceso, quedó marcada la suerte de Víctor, al convertirse en objetivo de las fuerzas de la reacción, de militares y carabineros. Esa canción formaba parte de un L.P. titulado Pongo en tus manos abiertas, manifestación del canto combativo de un comunista confeso y convencido. Tras el triunfo de Allende en 1970, y en medio del conflicto que evidenciaba polarización de la sociedad chilena, Víctor publicó El derecho de vivir en paz, que incluyó la canción bandera: Plegaria a un labrador, con la que se hizo acreedor al primer premio en el festival de la nueva canción y a través de la cual, desde su posición militante con reminiscencias de su formación religiosa, anuncia la vida que vendrá: Líbranos de aquel que nos domina en la miseria/ tráenos tu reino de justicia e igualdad/ sopla como el viento la flor de la quebrada/ limpia como el fuego el cañón de mi fusil.

Merced a documentos desclasificados conocemos que la conspiración del gobierno norteamericano se urdió incluso antes de la posesión del gobierno de la Unidad Popular. Con Nixon y Kissinger a la cabeza, y en defensa de los intereses económicos de las familias Rothschild y Rockefeller, afectados por la nacionalización del cobre, Estados Unidos decretó el embargo a sus exportaciones afectando la economía de Chile. La oligarquía local, con la prensa como intermediario, agudizó la confrontación hasta llegar al fatal desenlace del 11 de septiembre y la fractura violenta del orden constitucional. Allende cumplió su promesa de pagar con su vida su lealtad al pueblo y fue encontrado muerto tras los bombardeos al Palacio de la Moneda. La persecución y represión, con especial obsesión en artistas y escritores, rompió todo límite moral. La cacería apuntó a Víctor Jara quien, con sus dotes de augur y profeta, había anunciado:

De nuevo quieren manchar mi patria con sangre obrera

Los que hablan de libertad y tienen las manos negras.

Los que quieren dividir a la madre de sus hijos

Y quieren reconstruir la cruz que arrastrara Cristo.

Junto a muchos maestros, profesores y estudiantes, Víctor fue detenido en el campo de la Universidad Técnica y de allí trasladado hasta el Estadio Chile donde, tras cuatro días de ultrajes y torturas innombrables, fue asesinado con cuarenta y cuatro balazos. El ejecutor del crimen fue el capitán Edwin Timer Bianchi, quien el mismo 16 de septiembre asesinó al abogado ecuatoriano socialista Sócrates Ponce Pacheco.

El fascismo demencial quitó la vida terrenal a un hombre que hizo de la solidaridad un cántico de clase: Que no es guitarra de ricos, ni cosa que se parezca. Mi canto es de los andamios, para alcanzar las estrellas.

Decía antes que Víctor era premonitorio y vidente, y su hermosa canción, El alma llena de banderas, parece haber sido escrita pensando en su propio destino: Allí, debajo de la tierra, no estás dormido, hermano compañero. Tu corazón oye brotar la primavera, que como tú soplando irá en los vientos. Allí enterrado cara al sol, la nueva tierra cubre tu semilla. La raíz profunda se hundirá y nacerá la flor del nuevo día.

Y nacieron miles de flores, iridiscentes y fugaces, vergel de luz que floreció en la noche. Flores clandestinas como la orquídea de la noche, como la flor de luna o el nenúfar tropical, protegidas por la sombra para brotar en la madrugada. Y así, el pueblo de Chile fue bordando en el crepúsculo un tejido de pétalos, estambre y cáliz para perfumar un nuevo tiempo. 

Recuerdo la visita que hicimos a la tumba de Víctor en el Cementerio General. Elevamos nuestras voces para cantarle a ese plebeyo que se convirtió en solista del coro de la memoria, el que en su último escrito, mientras permanecía secuestrado en el estadio que hoy lleva su nombre, pintó el más crudo retrato de la muerte y la ignominia:

¡Qué espanto causa el rostro del fascismo!
Llevan a cabo sus planes con precisión artera
Sin importarles nada.
La sangre para ellos son medallas.
La matanza es acto de heroísmo
¿Es este el mundo que creaste, dios mío?
¿Para esto tus siete días de asombro y trabajo?

A cuarenta y nueve años de aquel crimen atroz, los victimarios son apenas nombres registrados en procesos penales. Víctor, resurrecto, Lázaro de la canción y el amor, sigue cantando y soñando. Quizá, a propósito de agoreros, bien se pueda pensar en Víctor Jara cuando leemos versos de John Keats en su Oda a un  ruiseñor:

¡No conoces la muerte, Pájaro inmortal¡

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